El doble yo

EL DOBLE YO    

En Revista Odradek, el cuento,

Año 8, nº 16, septiembre 2010 


          

Agustín se despertó temprano aquel día. La mañana, con sus tintes pálidos y añiles entraba silenciosa por la ventana de su habitación, acechándolo. Se levantó despacio y respiró el aire que traía enredado un aroma a madreselva, inundándolo, como desde pequeño, una vitalidad que le daba la sensación de volver a nacer. Varias veces había sentido la impresión de haber estado en esa extensa y recóndita tierra del sur del Huila y fantaseaba entre imágenes sueltas, cómo habría sido dos mil años atrás.

                –Daría parte de mi vida por descubrir el encanto que tiene el yacimiento de San Agustín  para mí – murmuró el arqueólogo. 

Ese día iría por tercera vez a estudiar las necrópolis situadas en los alrededores de  San José de Isnos, un pueblo en donde sólo el polvo acumulado sobre los tejados  de las añosas casas daba indicios de que transcurría el tiempo. Muy cerca de ese lugar, en la última incursión, sintió la presencia de seres fantasmales que deambulaban entre la hojarasca, presintiendo que era escrutado por ellos. Esa mañana el carro que transportaba a Agustín iba más lento que de costumbre. Había  hecho una parte del recorrido y estaba próximo a San José. Creyó no llegar, sintió el aire denso y  enrarecido el entorno, por un momento le pareció que los caminantes daban sus pasos por  un esfuerzo supremo de la inercia. Hasta los arbustos cercanos se mecían sin aliento por la tenue corriente del viento que parecía aquietarse en aquellos caminos.

– ¡Las nueve! Hoy parece que no se va a acabar el día – dijo el arqueólogo al  llegar a  San José.

Había recorrido algunos lugares de la región: El Lavapatas, Quebradillas, y Las Guacas. Faltaban varios aún, entre ellos el “Alto de los Ídolos”, que era el yacimiento de esculturas indígenas más grande del territorio. Tenían más de dos mil años y sin embargo algunas de ellas aún conservaban parte del color natural. Pensó que ese día no alcanzaría a visitarlas, pero la mañana se había ensanchado como un fieltro de mago. Sacó su pañuelo para secarse el sudor que le humedecía los ojos, pero notó que sus movimientos tardaban demasiado, como si su cuerpo fuera parte de un filme pasado en cámara lenta. Aturdido, trató de caminar más rápido, pero sintió estar arrastrando un peso excesivo. Llegó por fin al restaurante que antes le parecía  cercano. Apenas si tuvo alientos para tomarse un café.

                –Son las nueve y cinco... – respondió muy despacio el camarero cuando Agustín le preguntó la hora para corroborar la que le mostraba su reloj.

                – ¿Por qué el tiempo no pasa aquí? 

El mesero lo miró y sonrió por un momento.

                –Le está haciendo daño el aire de estos lugares  –repuso.

Luego de un rato que le pareció interminable salió y continuó con la ruta planeada. A pesar de su malestar, sentía la necesidad imperiosa de ir al “Alto de los Ídolos”. Cuando llegó, su  reloj marcaba las nueve y treinta, sin embargo estaba convencido de que llevaba más de una hora de recorrido.

Después de caminar por el extenso valle sus piernas flaquearon y un fuerte dolor en el pecho atenazó su cuello, dificultándole la respiración. Se percató con asombro cómo se  transformaba poco a poco el paisaje. Las ruinas que abarcaba con la mirada comenzaron a cambiar, dándole la impresión de ser más recientes las lajas de piedra que  cubrían las tumbas. La vegetación se tornó más agreste, luciendo un verde más vivo, además escuchó  el sonido de  una corriente de  agua  que no había advertido antes.  El aire que entraba con mayor dificultad hasta sus pulmones  lo obligó a detenerse en la tumba más cercana. Estaba custodiada por la escultura del  guerrero de doble cara y miradas paralelas que tanto le gustaba: “El Doble yo”. Los latidos de su corazón se hicieron difíciles, los escuchaba tan claro como al viento que traía a su oído cadencias desconocidas. Sus párpados se entrecerraron, enturbiándose la imagen de la escultura que  tenía  al  frente y en su lugar vio una luz que formaba una estela blanca y brillante.

Cuando la luz se disipó, el dolor en el pecho ya no estaba. Escuchó al frente suyo una voz ronca. Era un hombre de piel morena y fuerte complexión, con profundas arrugas que circundaban su rostro. Llevaba una diadema sobre su cabello encanecido y vestía con una túnica blanca que le llegaba hasta las rodillas. Los rasgos de su cara, pétreos, los suavizaba un collar de cuentas de piedra y una nariguera de oro en forma de media luna. El hombre lo observaba mansamente sin cansancio.

                – ¿Dónde estoy? –fue lo primero que preguntó Agustín al contemplar el paisaje que apenas comenzaba a vislumbrarse con el amanecer.

El hombre respondió en una lengua que el arqueólogo no reconoció. Seguía hablando, dirigiéndose a él y moviendo las manos para señalar aquel amplio territorio.

Se levantó despacio, observó a lo lejos varios bohíos de bahareque y techumbre de paja, uno muy cerca del otro, localizados a la orilla de un río de aguas claras. También había personas en la aldea, similares al indígena  que permanecía a su lado. Agustín se volvió para hablarle, pero en esa ocasión, no supo cómo, empezó a entender un poco aquel lenguaje arcaico que le pareció familiar.

                –Todos llegamos hace tres días aquí – creyó entenderle al hombre, que señalaba a los  demás–. Somos de otro lugar lejano a éste, más al sur.

                – ¿Por qué están aquí?

                – ¡Esta tierra es sagrada! –respondió haciendo una reverencia a toda la llanura y prosiguió–. Aquí descansan nuestros grandes guerreros para tomar aliento y continuar después el largo viaje. En este lugar la madre tierra y el ancho río les dan vida de nuevo...

Agustín cerró los ojos con fuerza pensando que era un  sueño, pero al abrirlos, aún estaba parado a su lado el hombre broncíneo de ojos almendrados,  observándolo con expresión familiar.

                –Cuando se ponga el sol sobre esta tierra haremos los ritos fúnebres  a nuestro cacique guerrero. Ahí estará usted... –hizo una reverencia a Agustín y se alejó con pasos lentos, perdiéndose como un fantasma entre la claridad del día.

De pronto, el arqueólogo sintió con alegría cómo lo  inundaba el mismo vigor que desde niño se apoderaba de su cuerpo al aspirar el perfume de aquella flor.

                –Quizá son las madreselvas las que me hacen familiar este lugar – pensó, sintiendo cercana a sus afectos aquella tierra fértil y desconocida.

Cuando el crepúsculo llegó a su final, llegaron hasta sus oídos unos cánticos que tenían un tono ceremonial, venían de un sitio despejado cerca al río. Observó como unos nativos que tenían sus cuerpos pintados de diferentes colores y llevaban puestas máscaras con formas felinas, iniciaban una ceremonia en torno a una gran tumba construida con varias lajas de piedra. Encendieron fuego  a su alrededor y cada enmascarado, danzando, entraba en ella y dejaba unas vasijas con diversos alimentos. Los pasos de Agustín lo llevaron hasta ellos. Con pasmo se percató de que las llamas de la hoguera no lo quemaban y que no era visible para los nativos. La ansiedad de saber qué sucedía lo obligó a entrar en la tumba. Allí observó a una indígena cubrir con hojas secas la cara de un hombre tendido sobre una gran piedra. Lo habían vestido lujosamente con una túnica  hecha de corteza de árbol y llevaba puestos varios collares y pulseras de oro. La mujer se acercó hasta un nicho, extrayendo de allí con extrema delicadeza una flor que inundó de un aroma dulce y penetrante el hipogeo. Danzó con ella en la mano alrededor de aquel cuerpo exangüe, silencioso ante el ritual. Al cesar los cánticos la mujer se arrodilló junto al cacique tendido y colocó la flor sobre su rostro que lo cubría una mortaja. Agustín había reconocido el olor, era de madreselva.

                –Esta  flor  sagrada  lo  llevará  a  otras  tierras y su  aliento lo volverá a la vida...  – repitió  la mujer varias veces en forma de canto, mientras tapizaba el cuerpo inerte con otras madreselvas.

Agustín se sintió inundado por el aroma que había penetrado en cada centímetro de aquel recinto pétreo. La fuerza que recibió fue mayor que en otras ocasiones y, sin saber por qué, quiso transmitírsela al cacique muerto que le inspiraba un afecto particular.

Cuando salió de la tumba, vio que el fuego se extinguía y los indígenas  se retiraban a sus bohíos. Con la llegada de la alborada iniciaron la partida, sus caras cobrizas reflejaban una paz que se desbordaba sobre aquella tierra misteriosa, contagiándola de una serenidad que todo lo podía.

Inmerso en aquellos acontecimientos que no lograba comprender, algo hizo voltear la cabeza de Agustín hacia atrás. Había aparecido allí, como traída por manos invisibles y  custodiando el frente de la tumba, una enorme escultura de piedra de tallado reciente, con un tinte azulado sobre sus dos caras. Casi podía sentirse el calor del artista puliendo la obra. La reconoció de inmediato, se trataba de “El doble yo” que tanta fascinación le producía. Exaltado por lo que la escultura le revelaba, entró de nuevo al hipogeo. Allí estaba el cacique, iluminado por los rayos del sol que se filtraban a través de las grietas. Con una agitación que no pudo controlar corrió hasta el guerrero inerte y con brusquedad separó las madreselvas, rasgando la mortaja que velaba su rostro. Paralizado por lo que veían sus ojos, sintió de nuevo un fuerte dolor en el pecho. A través de sus lágrimas descubrió que su cuerpo era el que estaba tendido en aquella loza sepulcral, vestido como un guerrero inca, con su figura difuminada entre la blancura de las flores.    

El arqueólogo yacía inerte sobre la tumba en la que se había detenido en el alto de los Ídolos, cerca de la antigua escultura del “Doble yo”. El viento lo había enfriado con rapidez y un montón de hojas y flores caídas por la lluvia se arremolinaron sobre él. El aire comenzó a inundarse de un olor  dulce y profundo que inyectó de una vitalidad venida de otros tiempos el cuerpo yerto de Agustín.

Al ocultarse el sol, el hombre que estaba tendido sobre la tumba comenzó a moverse. Estiró sus brazos con lentitud y se levantó de entre las hojas secas y las madreselvas que lo cubrían. Murmuró unas palabras en un dialecto incomprensible y se despojó de sus vestiduras. Arrodillado, besó su tierra fértil, milenaria, que lo había acogido como un vientre y abrazó a su guerrero pétreo de figura azulada, indemne de tiempo, que por cientos de años lo había protegido y ahora era testigo de su retorno.     

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