La otra orilla del Aqueronte

Fragmento de La otra orilla del Aqueronte (2015)


CAPÍTULO I: TERESA 

En Medellín no se hablaba de otra cosa que de la Segunda Guerra Mundial. Hasta Gustavo, amante de los temas políticos, estaba cansado de leer las mismas noticias en los periódicos, pero la caída del dictador italiano Benito Mussolini, conmocionó aún más el país. Para muchos era el presagio del fin de la guerra, por eso Gustavo creía que se darían coletazos de animal moribundo e impuso en su casa una medida estricta para las salidas nocturnas, en especial, para su hijo Oscar quien andaba dedicado a darle serenatas a sus amigas y a compartir un poco la vida en los bares de la ciudad. Para Carlos, de dieciséis años y Teresa, con apenas trece, fue diferente; no sintieron tanto la restricción patriarcal, pero escuchaban las quejas de su hermano, quien no entendía por qué tenían que sufrir las consecuencias de una guerra ajena. Con Jaime, su hijo mayor, quien desde hacía un año era piloto de Avianca y vivía en Bogotá, ya no podía ingerir en sus acciones y se limitó a darle consejos de mesura en su comportamiento y sus palabras.

Para cambiar un poco el ambiente tenso que comenzó a imperar en la familia, Gustavo compró con los ahorros de varios años una finca en la vereda Raizal, ubicada en las afueras del barrio Manrique. Los fines de semana tomaban el tranvía de oriente, en el estadero Palos Verdes, que los dejaba un kilómetro más abajo de la finca. El trecho que caminaban lo disfrutaban mucho, en especial Teresa, que amaba los olores del campo y el canto de los pájaros. Emergía la niña alegre y juguetona, que en la ciudad era menos notoria. A veces iban con sus primos paternos y corrían por las pequeñas colinas aledañas, después disfrutaban con el botín del día, que consistía en una buena cantidad de naranjas y guayabas. Gustavo y Lucía esperaban el silencio de la noche para dialogar en el corredor, tomaban un chocolate caliente mientras él se deleitaba viendo la figura aún joven de su esposa, su cuerpo delgado y su piel trigueña que brillaba a la luz de las velas, ya que a esa región aún no había llegado la luz eléctrica.

Teresa era la primera en levantarse, le encantaba acostarse sobre la hierba para ver el sinuoso movimiento de las nubes y las formas que al azar se dibujaban. Una mañana,  Víctor, uno de sus primos, se acercó para charlar, pero la mirada penetrante de ella le impuso silencio.

                            -¿Usted prefiere estar sola, cierto? – le preguntó con rabia.

            -Para ver el cielo a esta hora sí, pero si quiere quédese y no hable.

-¡Usted es la niña más rara que conozco! ¡Quédese sola, que yo estaré  mejor lejos de usted para que no se me peguen sus locuras! –le gritó.

                           -Cómo quisiera encontrar a alguien que sienta como yo y que pueda  disfrutar de estos momentos conmigo… –murmuró con tristeza al ver alejarse a su primo.

Sus preferencias eran diferentes a las demás niñas de su edad, sus dichas no eran las mismas que las de sus amigas y sus sentidos se conmovían con el  aroma de las flores, los perros callejeros, una mariposa atrapada en un charco de agua, escribir poemas o dedicarse a leer todo el día. Su retraimiento había sido grande desde la infancia, recordó sus ocho años cuando la única compañía fue Altagracia, su amiga imaginaria, quien fue su único refugio y la ayudó a superar una crisis de aislamiento que padeció en el colegio por el rechazo permanente de sus compañeras.

Sus padres, preocupados por los frecuentes  informes de la profesora Nubia sobre su aislamiento y a veces desconcentración en las clases, la llevaron a una cita con el médico, quien no se comprometió a dar un diagnosticó exacto porque estaba muy joven todavía y calificó sus trastornos como una leve alteración del afecto y la conducta. A pesar de esa información, sus padres no cohibieron a Teresa en sus hábitos de lectura ni la obligaron a estar acompañada, pues creyeron que solo se trataba de un exceso de timidez y una gran imaginación, pero promovieron los encuentros con sus primos y las salidas a la finca, que mejoraron bastante sus síntomas. 

Próxima a cumplir sus quince años, su modo de percibir el mundo cambió. Se paró frente al espejo y vio a la niña que comenzaba a desdibujarse. Su piel trigueña estaba más tersa e irrumpían en ella, como tímidas colinas, unos senos erguidos y pequeños. El cabello largo le caía en bucles color cobrizo sobre su espalda bien torneada y los  labios delgados, al igual que la nariz recta, le daban un conjunto armonioso. Detenía con frecuencia la mirada en el lunar de su mejilla izquierda, que había heredado de su abuela materna y que a veces le parecía que cambiaba con su estado de ánimo. Pero lo que más le complacía eran sus ojos pardos y profundos, presentía que tras ese par de mundos pequeños y ávidos en movimiento, la esperaba una Teresa diferente que algún día saldría. También le gustaba sentir el hormigueo en su vientre cuando recorría con sus dedos su cuerpo virginal, era una sensación nueva que la llevaba a sentir algo diferente. Ansiaba vivir las experiencias que la vida le traía al lado de personas que pensaran como ella, pero su retraimiento y los rechazos vividos en el pasado no le permitían aproximarse a alguien con facilidad.  

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