Lecturas y lectores del Quijote

EN TORNO AL SUEÑO DE CERVANTES Y AL ARMA

QUE UTILIZÓ PARA PRESERVARLO


                                                    “Una locura cualquiera deja de serlo en  cuanto  

                                                                  se hace colectiva, en cuanto es locura de todo 

                                                                  un pueblo, de todo el género humano...”

                                                                                       UNAMUNO

 

Si fuera posible recorrer los dominios del tiempo, no en los recuerdos, sino con la mirada directa,  se podría encontrar, hace cuatrocientos años en un calabozo español, a Miguel de Cervantes Saavedra concibiendo el Quijote de La Mancha.

Fue allí, en medio de sus más desventurados pensamientos, y sintiendo aniquilados sus mejores años por los “Jayanes”  de la España de oro, donde Cervantes buscó una salida  para escapar de la oscuridad. Comprendió que la más cruenta lucha la estaba librando en aquella mazmorra  de cuatro paredes cubierta por moho y orín. Había que ganar la batalla a la adversidad de  su época, de lo contrario ésta lo mataría lentamente.

O ganaba o moría en el intento. Pero, ¿cómo ganarle a la realidad? Fue entonces cuando se le ocurrió una estrategia que trascendería en el tiempo: EL SUEÑO.

En ese momento se gestó en su cabeza Don Quijote de la Mancha, su verdadero yo, armado con su celada  y  su yelmo, su  lanza y su sabiduría, dispuesto a enfrentar al mundo si se oponía a sus ideales. Fue con este personaje como Cervantes materializó el idealismo en una figura de elevadas virtudes. 

Los primeros obstáculos que sobrevinieron al sueño de don Quijote fueron sus personajes más  cercanos: Su sobrina, el cura, el barbero y Sancho Panza; personajes cotidianos, sumergidos en el momento, que creían estar en lo cierto por tener de su lado a la aparente verdad, la realidad. “Si supieran con que asnal gravedad ríen las gracias de la que creen locura y toman a gusto de lo que estiman desvaríos. Que estúpida soberbia la soberbia silenciosa de estos brutos que llaman paradoja a lo que no estaba etiquetado en su mollera...”[1] 

Pero el  caballero andante continuó su camino, encontrando más dificultades en aquel mundo exterior, como la venta, vértice de múltiples conflictos; los molinos de viento o gigantes que se oponían a su ideal de justicia; los duques que encarnaban el poder material sobre el espiritual. A todas ellas el caballero de Cervantes resistió, defendiendo a costa de su vida su valioso mundo interior. 

Para que saliera airoso, Cervantes se valió de armas que resistirían las peores acometidas. Cubrió el escudo y la celada de Don Quijote con un material tan antiguo y tan fuerte como la misma naturaleza: El Amor. El amor al desvalido, a la libertad, a su tierra y a su dama. Y en la mano le afianzó otra arma: la lanza, en cuya punta se reflejaba la firmeza de su verdad, inquebrantable como la fe por su Dios. Ni siquiera el ver a Dulcinea del Toboso como una pobre labradora sobre un borrico pudo doblegar su certidumbre. ¡Era el mundo entero el que se equivocaba! 

Pero el más despiadado enemigo vestido de medianoche estaba acechando para arrebatarle el SUEÑO y, como la muerte, la guadaña que tenía en su mano esperaba una segunda oportunidad para vencerle. Este adversario “armado de punta en blanco, que en el escudo traía pintada una luna resplandeciente”[2] era el Caballero de la Blanca Luna. Lo esperaba sobre su fuerte caballo, con una mirada fría y certera. Nada podría hacer fallar sus planes, pues tenía dispuesto hasta el más mínimo movimiento. Era la verdad de la realidad contra la verdad del SUEÑO; la confrontación definitiva que le daba sentido a lo que hasta ahora había defendido. Si Don Quijote era vencido, su creador sucumbiría. Fue entonces cuando Cervantes creó su arma más elaborada, haciéndosela llegar a Don Quijote mientras se preparaba para el duelo, en forma de voz susurrada como de “encantamento”. Le dijo que podría ganar la batalla utilizando la Ilusión.  Y haciendo caso a lo que su encantador le revelaba, decidió hacerla efectiva, soltándola enfrente de los ojos aguerridos de su contendiente, mientras sobre Rocinante arremetía con fuerza. Luego de ese instante Don Quijote ya no estaba;  había en su lugar un espejo por armadura con la forma de un hombre. El enemigo en la premura de la carrera sólo se percató de que con la punta de su lanza había vencido al otro. Don Quijote triunfante observó desde lejos, advirtiendo que la ilusión había surtido efecto, pues el caballero de la Blanca Luna, acometiendo al espejo,  se había atacado a sí mismo.

Este hidalgo de la realidad sobrevivió, pero el “encantamento” persistía sobre él, pues era a don Quijote al que veía en el suelo. “Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía que decirse ni que hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueño, y que toda  aquella máquina era cosa de encantamento”[3]

Pero la ilusión había que seguirla hasta el final, pues era este duelo acaecido tan sólo el puente para llegar hasta el fin del recorrido y estar a salvo de la realidad; de lo contrario otros hidalgos del mundo exterior seguiría los pasos del caballero  de la medianoche hasta matar su sueño. Fue así como volvió a su aldea, y luego de aparecer enfermo “durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas; tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el sueño”[4]. Al despertar,  apareció otro hombre idéntico a él pero sólo de carnes. Era otro cuerpo, un cuerpo que pertenecía al mundo real: “Un hidalgo de mediana condición, sólo ocupado en cazar y administrar sus bienes...” [5] 

La ilusión había llegado a su término, y con ella la victoria, que preservaba el SUEÑO. Había muerto don Quijote ante los ojos de sus enemigos, pero más allá de la escueta mirada podía vislumbrarse, tan claro como su amor por Dulcinea, que era el cuerdo de Alonso Quijano el que yacía entre las mortajas. Don Quijote había quedado resguardado en el SUEÑO para siempre. 

Cervantes ganó así la más importante batalla de su vida, al vencer a la realidad de su época. No murió de horror en la prisión porque había creado un mundo secreto en la fantasía, vislumbrando que su caballero andante a través de los tiempos volvería del sueño a la realidad cada vez que un idealista lo invocara.

¡Así pues, don Quijote de la Mancha está vivo!  Porque “el toque está en no morir. ¡No morir! ¡No morir! Esta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura Quijotesca” [6].

 



[1] UNAMUNO, MIGUEL DE. Vida de Don Quijote y Sancho. Madrid. Colección Austral. 1971. Pag 198

[2] CERVANTES SAAVEDRA MIGUEL DE. El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. Tomo II. Cap 64. Barcelona. Círculo de Lectores. 1980. Pág 471

[3] IBID. Página. 473

[4] IBID. Capítulo 74. Página 523

[5]  RIQUER MARTÍN DE. Aproximación al Quijote. Navarra. Editorial Salvat. 1970. Página 46

[6] UNAMUNO MIGUEL DE.  Op. Cit. Página  200 


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