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La peor enfermedad

publicado a la‎(s)‎ 13 ago. 2015 11:33 por Mirada Malva
| Por Olga Elena Martínez Gómez | Medellín, Colombia, agosto 2015 |

La guerrilla de las Farc ha pasado por diferentes facetas. La primera fue cuando surgió como respuesta a las matanzas ocasionadas por los conservadores, luego de la guerra civil de 1948, cuando los liberales, para defender a sus familias y sus tierras, no tuvieron otra alternativa que tomar las armas y salir a defender sus convicciones y lo que amaban. Desde esa época Tirofijo fue el líder, ya que en el bogotazo, en medio de la tormenta de balas y sangre, escapó de la cárcel. En ese entonces sus consignas estaban  encaminadas a defender los derechos de los más débiles, contra los terratenientes que desde que tengo conciencia, muchos han robado las tierras de los más débiles, y contra los políticos corruptos que desde la época de Santander han querido enriquecerse con los bienes públicos que nos pertenecen a todos y legislar para favorecer solo a las élites.  Desde esa época se escondieron en la selva y elevaron sus consignas de izquierda que en ese entonces eran loables y entendibles, como alguna vez sucedió con el grupo guerrillero M-19 o el ELN en sus inicios. Luego llegó la época del narcotráfico donde se involucraron de lleno y comenzó a corromperse el corazón de esta guerrilla, porque el dinero los hizo ambiciosos y llenaron la tierra colombiana de cultivos de coca y amapola. Con más dinero, pudieron comprar un mayor arsenal militar y se armaron hasta los dientes para extender su poderío militar. Con este nuevo logro llegó un mayor poder político que los desvió de sus verdaderas convicciones, las cuales eran luchar por un país más igualitario, donde no existiera tanta desigualdad ni atropellos a los más desvalidos, pero la guerrilla para ese entonces ya tenía otro norte y se dejaron contagiar de la peor enfermedad del este siglo, del becerro de oro de esta época, y se obnubilaron con las monedas de oro que les traía el narcotráfico. Comenzó  entonces la faceta del mercenario, donde el dinero fue lo más importante y la enfermedad se diseminó como un virus, encegueciéndolos con aquella hambruna de poder y se enfermaron de muerte con este tenebroso flagelo. Comenzaron entonces a secuestrar, no a los políticos corruptos,  sino a colombianos de la clase media y alta que se habían ganado una posición social gracias al esfuerzo y trabajo permanente. Sembraron minas en los campos a sabiendas de que no solo los soldados serían las víctimas sino que los campesinos serían los más perjudicados con el horror de las mutilaciones, porque han sido ellos, paradójicamente,  los que más alto costo han pagado en esta guerra, y digo paradójico porque las consignas de la guerrilla eran proteger a los más débiles. Por desgracia, desde hace muchos años, esta organización se alejó de sus principios sociales y se dedicaron a enriquecerse, como cualquier mafioso, pero guardo la esperanza que dentro de sus cúpulas militares aún existan ideólogos que conserven algo de sus principios de antaño. A ellos quiero elevar mi grito, porque, aunque la enfermedad que padecen es crónica y en muchos incurable, quizá puede tener una cura todavía, y es a través de la paz, para que el poder corrosivo del dinero y el poder político no los termine de matar como a tantos y por fin nuestra Colombia pueda nacer a otra época diferente, donde el ejecutivo se comprometa a ser más justo y a la guerrilla le importe más el individuo que el dinero. Estoy segura que muchos colombianos votaremos por el hombre o mujer que quiera una igualdad de derechos, pero antes, deben intentar reconciliar sus sueños sociales y no permitir que la peor enfermedad de este siglo continué devastándolos, porque entonces seguirán siendo iguales o peores a los políticos que a diario desangran nuestro país sin importarles cuantos mueren de hambre. 
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